sábado, 6 de diciembre de 2008

Romeo y Julieta, un clásico con diferente ropaje


El anterior sábado se estrenó en Santa Cruz de la Sierra la obra Romeo y Julieta, del grupo teatral Ditirambo, tradicional compañía cruceña que hacía ya un tiempo debía un nuevo trabajo al público local. Dirigida por Porfirio Azogue e interpretada por reconocidos actores del medio, la puesta fue presentada ante un importante marco de público que se dio cita al Paraninfo Universitario Humberto Parada Caro.

En esta enésima versión de Romeo y Julieta, Ditirambo apostó por llevar a escena una adaptación escrita en 2005 por la pareja española Olga Margallo y Antonio Muñoz de Mesa. Así, el clásico de Shakespeare ganó en esta ocasión un ropaje más liviano, con el humor manteniéndose durante toda la puesta y el aire a tragedia desvaneciéndose casi que por completo. Es una versión, digamos, desdramatizada de la novela y, por eso mismo, más palatable para todo tipo de público.

La obra tiene inicio con la proyección en pantalla de una pareja de ancianos (interpretados por Mocita Pedriel y Andrés Lladó), que sitúa al espectador dentro de la historia. Aunque esta intervención —que se repite por un par de veces a lo largo de la puesta— sea una opción bastante discutible en cuanto a su ayuda al desarrollo del relato, ambos actores están bien en la parte que les corresponde. Su presencia también da una pista segura al espectador acerca del desenlace de la obra.

Siendo ésta una historia superconocida del público, no se pierde mucho tiempo con explicaciones ni con el desarrollo de las acciones, quedando el conflicto bastante claro pero parcamente desarrollado, esto debido a la elección de presentar una propuesta despretenciosa, en que la música y el humor presentes en casi todo momento seducen a una audiencia que se deja cautivar por el carisma y la chispa del experimentado reparto. Y es que esta puesta fue concebida como una alegre celebración del amor, y en ese sentido se puede decir que el objetivo fue alcanzado, con buena nota tanto para el director como para su elenco.

De hecho, sorprende la pulcritud con que se presentó la obra en su estreno. No por dudar de la calidad de la gente involucrada, ni mucho menos. Ocurre que es normal que una primera presentación tenga algunos desaciertos en cuanto a actuaciones, movimientos y la puesta en sí, pero en esta ocasión todo salió con una corrección impresionante, y el trabajo que demostró el grupo fue solvente, quedando acá una mención especial a la labor del director, quien con mucho oficio llevó a escena este montaje, que tiene además números musicales lindamente interpretados, con una bella canción central, cuyo pegajoso refrán queda resonando después en la cabeza, lo que es un buen decir.

En cuanto al desempeño del elenco, José Miguel Lijerón y Elina Laurinavicius tienen actuaciones correctas como Romeo y Julieta; bonitos y carismáticos, ambos conquistan rápidamente a la audiencia. Por su parte, Carolina Soliz (madre de Romeo) realiza una labor convincente, mientras Elías Serrano (padre de Julieta) también cumple, algo perjudicado por un texto que no le permite lucirse más. Líneas más generosas tuvo Vanesa Fornasari, en el papel de la prima alegre y chismosa de Julieta, un personaje a todas luces muy reconocible.

Por otro lado, Paris (el prometido de Julieta, con el cual ésta debe casarse aun sin amarlo) aquí gana un perfil que cae totalmente simpático al público, muy lejos de la caracterización clásica del villano que se supondría en un principio. El papel le cae como anillo al dedo a Mario Chávez, que con un destacado desempeño llega a robarse la escena en algunos pasajes del espectáculo. Finalmente, está Shakespeare, encarnado por Antonio Miranda, quien con una sólida actuación lleva el hilo de la historia, poniéndole además música y dando también alguno que otro guiño para que el espectador prediga la resolución del cuento.

Al final, queda por decir que la alegría sin tregua derrochada a lo largo de la presentación juega en contra de un mejor resultado dramatúrgico, pues la casi total ausencia de conflicto evita que la obra alce vuelo y pueda, de esa manera, ser algo más que una hora de entretenimiento y diversión. Sin la certeza de lo inevitable (característica fundamental de la tragedia) y la angustia de lo irrealizable (marca típica del romanticismo), la obra se ve vaciada en dos de los elementos fundamentales para que se haya convertido en el mayor clásico de la historia de la literatura, sin los cuales Romeo y Julieta no es Romeo y Julieta; es otra cosa, por más linda que sea su puesta en escena y aunque se argumente que esta versión se trata de un musical, comedia romántica o espectáculo infantil.

El espectador debe entonces ir preparado para ver una puesta hecha simplemente para divertir. Si uno va imbuido con este ánimo y nada más, hay que decir que la obra termina siendo un disfrute y que tiene el mérito (no menor, por cierto) de enganchar al público y conectarlo a plenitud con la propuesta presentada. Los 60 minutos terminan siendo placenteros y en ellos se puede apreciar un trabajo que —se nota— es hecho con cariño y que logra dejar a los espectadores con una sonrisa en los labios al final de la presentación, algo que sin duda se agradece.

Como conclusión, si es verdad que el teatro cruceño todavía adolece de propuestas innovadoras y se encuentra en ese aspecto aún a la zaga de lo que se hace en La Paz, Sucre y Cochabamba, también es cierto que se ha avanzado muchísimo en la calidad de las puestas, tanto en lo que se refiere a un mejor manejo escénico por parte de director y actores como en la parte técnica. Punto para Ditirambo, que aún lejos de presentar una obra excepcional, logra un resultado pulcro, entretenido y que seguramente agradará bastante a la mayoría de las personas que tengan el placer de verla.

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